Pierre Bourdieu: Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción. Barcelona, Anagrama, 1997 (traducción de Thomas Kauf). Por Carmen Rodríguez Guzmán Razones prácticas son siete conferencias pronunciadas por Bourdieu en varias instituciones prestigiosas del mundo desarrollado. Una intención atraviesa toda la obra: poner de manifiesto el procedimiento y las herramientas conceptuales necesarias para entender el complejo universo de lo social. Objetivo ambicioso que no tarda en llevar a cuestiones reales. Desde el comienzo, en el «Prefacio» y en la primera de las conferencias que aparecen, «Espacio social y espacio simbólico», Bourdieu deja claro que para él «lo real es relacional». Que es un ejercicio vano y erróneo la descontextualización de cualquier descripción y análisis que se haga de un grupo, porque éste actúa en un momento y espacio social determinado que condiciona el campo de lo posible. Y que, por otra parte, lo relacional nos conduce a la «distinción», a la diferencia. Los rasgos distintivos sólo existen cuando se ponen en relación con otras propiedades. En los conceptos de espacio social y habitus toma cuerpo su filosofía de la ciencia «relacional y disposicional». Haciendo gala de un espíritu un tanto provocador, afirma que las clases sociales no existen. Lo que existe es un espacio social de diferencias, en el que las clases sociales existen no como algo dado sino como algo en permanente construcción. En este sentido, apuesta por el estudio de los mecanismos que se encargan de la reproducción del espacio social y del espacio simbólico, en detrimento de la obcecación por presionar a la realidad con un modelo teórico preconcebido. Hablando de mecanismos de reproducción social, Bourdieu, a través del análisis de la institución escolar, en «El nuevo capital», ejemplifica como se lleva a cabo la reproducción de la estructura de la distribución del capital cultural, uno de los dos principios de diferenciación, junto con el capital económico, de las sociedades avanzadas. La escuela selecciona y separa a los poseedores del capital cultural heredado de los que carecen de él, produciendo así una nobleza escolar hereditaria legitimada por el título escolar. Pero no se debe caer en el recurso fácil del conspiracionismo, es decir, creer que la resultante es fruto de un plan perfectamente orquestado, ya que los agentes reproducen, la mayoría de las veces, el orden sin saberlo, ni quererlo. El culto a la escuela como instrumento de perpetuación de la desigualdad social supone un obstáculo para el rendimiento técnico del sistema. Prueba de ello es el desprecio a la formación profesional y el apoyo a la enseñanza privada. Una de las intenciones más evidentes que se propone Bourdieu con sus propuestas conceptuales (conocidas ya por otras obras suyas) es «resolver» algunas cuestiones que la teoría marxista no culminó con éxito. Sin duda, el tema de las clases sociales es el meollo de la cuestión. En el anexo «Espacio social y campo del poder», Bourdieu sostiene que Marx dio soluciones teóricas a un problema práctico: «la necesidad, para cualquier acción política, de reivindicar la capacidad, real o supuesta, en cualquier caso creíble, de expresar los intereses de grupo; de manifestar --es una de las funciones principales de las manifestaciones-- la existencia de ese grupo y la fuerza social actual o potencial que son capaces de aportar quienes lo expresan y, por eso mismo, lo constituyen como grupo» (página 48). Con la noción de espacio social soluciona el problema de la existencia o no de las clases sociales, porque no niega lo esencial: la diferenciación social generadora de antagonismos individuales y colectivos. En su intento de desmontar el entramado de supuestos sobre los que se levanta la sociología actual, Bourdieu pone el dedo en la llaga con la pregunta, que da título a uno de los mejores capítulos de este libro, «¿Es posible un acto desinteresado?». Para exponer sus tesis sobre la noción de interés, sustituye a ésta por otros conceptos como illusio (el hecho de tomarse el juego en el que uno está metido en serio) o libido. El mundo social mediante la socialización transforma la libido biológica, la pulsión indiferenciada, en libido social, intereses específicos. Éstos son intereses socialmente constituidos, varían en función de las cosas que se consideran importantes o carentes de todo interés en cada espacio social. Al pensar la acción social, dos hipótesis marcan la reflexión sociológica: los agentes se mueven por razones conscientes, para conseguir unos fines con el menor coste posible; y, los motivos se reducen a lo económico, al beneficio material. De lo que se trata es de buscar la complejidad que dé cuenta de cómo se produce cualquier acción social. Por lo tanto, hay que entender que entre los agentes y el mundo social hay corrientes subterráneas, infraconscientes, que las tesis implícitas en las acciones de las personas forman parte de lo no reconocido. Las ciencias humanas han de desconfiar de modelos que expliquen las acciones del mismo modo que la teoría de los juegos, ya que muy pocos comportamientos se rigen por intenciones estratégicas. El hecho de reducir a lo material los motivos subyacentes a toda acción, es lo que ha hecho el economicismo tradicional, pensando erróneamente que las leyes de funcionamiento de uno de los campos sociales (el económico) valen para todos los campos. Las sociedades son capaces de producir unos habitus predispuestos al desinterés y unos universos en los que el desinterés es recompensado. La función de la ideología es plantear como universal, como desinteresado, lo que en realidad es un interés particular. Conocedor de la importancia de lo inconsciente en el mundo social, Bourdieu, en «Espíritus de Estado. Génesis y estructura del campo burocrático», analiza la capacidad del Estado para imponernos desde la escuela las categorías de pensamiento. Si el Estado puede ejercer el monopolio del empleo legítimo de la violencia física y simbólica es porque llega a los cerebros de todos a través de estructuras mentales, de percepción, de pensamiento. Se hace necesario repensar las categorías con las que pensamos el Estado, sin embargo esta aspiración debe hacerse extensiva a todo el universo social. El autor nos muestra como el Estado es el resultado del proceso de concentración de los diferentes tipos de capital (de fuerza física, económico, cultural, informacional y simbólico), dando como resultado un capital específico que permite ejercer un poder sobre los demás tipos de capital. Mientras el Estado pueda producir e incorporar estructuras cognitivas que sean acordes con las estructuras objetivas, no tendrá necesidad de poner en marcha los mecanismos de violencia física. El manejo adecuado de ciertas reglas, no siempre explícitas y el cumplimiento de unas determinadas formas son unas de las máximas para adquirir soltura en la adquisición y manejo del capital simbólico. Bourdieu se propone extraer los principios generales de «La economía de los bienes simbólicos», título de su sexta conferencia, mediante el estudio de los presupuestos que conforman la práctica de los regalos. Este tipo de intercambios contienen dobles verdades que en ningún caso deben hacerse explícitas. Jamás un regalo debe parecer la devolución de uno anterior, además de hacer caso omiso del precio que tuviera. El compromiso tácito que sobre estas reglas se establece es demostrar que se está dispuesto a cumplirlas. Un correcto seguimiento de estos acuerdos sociales en relaciones que impliquen posiciones de dominación y sumisión, puede transfigurarlas en relaciones afectivas que en ciertas ocasiones se presentan más efectivas. Pensar a los que piensan el mundo, reflexionar sobre lo que producen son temas recurrentes en la trayectoria de Bourdieu, en el libro les consagra la tercera conferencia, «Para una ciencia de las obras», y sus dos anexos, «la ilusión biográfica» y «la doble ruptura». En este último se pone de manifiesto que la sociología de la ciencia debe poner de relieve la dimensión social de las estrategias científicas y la lógica agonística del funcionamiento del campo científico (como todos los demás, aunque cada uno tenga sus propias leyes de funcionamiento). El autor se empeña en recordar que las condiciones económicas y sociales en las que viven los creadores afecta a su pensamiento, es decir, que existe «El punto de vista escolástico». Que utilizar conceptos con pretensiones de validez universal, es caer en el anacronismo y en el etnocentrismo de clase, es obviar que la capacidad de sentir, de tener curiosidad e interés por algo está mediatizada por las «condiciones históricas y sociales de posibilidad», que solemos confundir lo universal con lo particular. La mayor parte de las obras que consideramos universales (derecho, ciencia, arte, religión,...) nada tienen de ello. Bourdieu se decanta: «La única salida a la alternativa del populismo o del conservadurismo, dos formas de esencialismo que tienden a consagrar el statu quo, consiste en trabajar para universalizar las condiciones de acceso a lo universal» (página 216). Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción es una obra cargada de sugerentes reflexiones. A través de una prosa llena de matices, para dar cuenta del complejo entramado de lo social, Bourdieu nos muestra las posibilidades que ofrece el acercamiento sociológico que él propone. A lo largo del libro aparece la intención de superar, de resolver, quizás, de ajustar cuentas con la teoría marxista. Sin embargo, esto conlleva el riesgo de realizar un eclecticismo teórico imposible, que paradójicamente iría contra su apuesta por el uso riguroso de los conceptos.
1 comentario:
ESPACIO EN LA ESCUELA
Pierre Bourdieu:
Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción.
Barcelona, Anagrama, 1997 (traducción de Thomas Kauf).
Por Carmen Rodríguez Guzmán
Razones prácticas son siete conferencias pronunciadas por Bourdieu en varias instituciones prestigiosas del mundo desarrollado. Una intención atraviesa toda la obra: poner de manifiesto el procedimiento y las herramientas conceptuales necesarias para entender el complejo universo de lo social. Objetivo ambicioso que no tarda en llevar a cuestiones reales.
Desde el comienzo, en el «Prefacio» y en la primera de las conferencias que aparecen, «Espacio social y espacio simbólico», Bourdieu deja claro que para él «lo real es relacional». Que es un ejercicio vano y erróneo la descontextualización de cualquier descripción y análisis que se haga de un grupo, porque éste actúa en un momento y espacio social determinado que condiciona el campo de lo posible. Y que, por otra parte, lo relacional nos conduce a la «distinción», a la diferencia. Los rasgos distintivos sólo existen cuando se ponen en relación con otras propiedades. En los conceptos de espacio social y habitus toma cuerpo su filosofía de la ciencia «relacional y disposicional».
Haciendo gala de un espíritu un tanto provocador, afirma que las clases sociales no existen. Lo que existe es un espacio social de diferencias, en el que las clases sociales existen no como algo dado sino como algo en permanente construcción. En este sentido, apuesta por el estudio de los mecanismos que se encargan de la reproducción del espacio social y del espacio simbólico, en detrimento de la obcecación por presionar a la realidad con un modelo teórico preconcebido.
Hablando de mecanismos de reproducción social, Bourdieu, a través del análisis de la institución escolar, en «El nuevo capital», ejemplifica como se lleva a cabo la reproducción de la estructura de la distribución del capital cultural, uno de los dos principios de diferenciación, junto con el capital económico, de las sociedades avanzadas. La escuela selecciona y separa a los poseedores del capital cultural heredado de los que carecen de él, produciendo así una nobleza escolar hereditaria legitimada por el título escolar. Pero no se debe caer en el recurso fácil del conspiracionismo, es decir, creer que la resultante es fruto de un plan perfectamente orquestado, ya que los agentes reproducen, la mayoría de las veces, el orden sin saberlo, ni quererlo.
El culto a la escuela como instrumento de perpetuación de la desigualdad social supone un obstáculo para el rendimiento técnico del sistema. Prueba de ello es el desprecio a la formación profesional y el apoyo a la enseñanza privada.
Una de las intenciones más evidentes que se propone Bourdieu con sus propuestas conceptuales (conocidas ya por otras obras suyas) es «resolver» algunas cuestiones que la teoría marxista no culminó con éxito. Sin duda, el tema de las clases sociales es el meollo de la cuestión. En el anexo «Espacio social y campo del poder», Bourdieu sostiene que Marx dio soluciones teóricas a un problema práctico: «la necesidad, para cualquier acción política, de reivindicar la capacidad, real o supuesta, en cualquier caso creíble, de expresar los intereses de grupo; de manifestar --es una de las funciones principales de las manifestaciones-- la existencia de ese grupo y la fuerza social actual o potencial que son capaces de aportar quienes lo expresan y, por eso mismo, lo constituyen como grupo» (página 48).
Con la noción de espacio social soluciona el problema de la existencia o no de las clases sociales, porque no niega lo esencial: la diferenciación social generadora de antagonismos individuales y colectivos.
En su intento de desmontar el entramado de supuestos sobre los que se levanta la sociología actual, Bourdieu pone el dedo en la llaga con la pregunta, que da título a uno de los mejores capítulos de este libro, «¿Es posible un acto desinteresado?». Para exponer sus tesis sobre la noción de interés, sustituye a ésta por otros conceptos como illusio (el hecho de tomarse el juego en el que uno está metido en serio) o libido. El mundo social mediante la socialización transforma la libido biológica, la pulsión indiferenciada, en libido social, intereses específicos. Éstos son intereses socialmente constituidos, varían en función de las cosas que se consideran importantes o carentes de todo interés en cada espacio social.
Al pensar la acción social, dos hipótesis marcan la reflexión sociológica: los agentes se mueven por razones conscientes, para conseguir unos fines con el menor coste posible; y, los motivos se reducen a lo económico, al beneficio material. De lo que se trata es de buscar la complejidad que dé cuenta de cómo se produce cualquier acción social. Por lo tanto, hay que entender que entre los agentes y el mundo social hay corrientes subterráneas, infraconscientes, que las tesis implícitas en las acciones de las personas forman parte de lo no reconocido. Las ciencias humanas han de desconfiar de modelos que expliquen las acciones del mismo modo que la teoría de los juegos, ya que muy pocos comportamientos se rigen por intenciones estratégicas.
El hecho de reducir a lo material los motivos subyacentes a toda acción, es lo que ha hecho el economicismo tradicional, pensando erróneamente que las leyes de funcionamiento de uno de los campos sociales (el económico) valen para todos los campos. Las sociedades son capaces de producir unos habitus predispuestos al desinterés y unos universos en los que el desinterés es recompensado. La función de la ideología es plantear como universal, como desinteresado, lo que en realidad es un interés particular.
Conocedor de la importancia de lo inconsciente en el mundo social, Bourdieu, en «Espíritus de Estado. Génesis y estructura del campo burocrático», analiza la capacidad del Estado para imponernos desde la escuela las categorías de pensamiento. Si el Estado puede ejercer el monopolio del empleo legítimo de la violencia física y simbólica es porque llega a los cerebros de todos a través de estructuras mentales, de percepción, de pensamiento. Se hace necesario repensar las categorías con las que pensamos el Estado, sin embargo esta aspiración debe hacerse extensiva a todo el universo social. El autor nos muestra como el Estado es el resultado del proceso de concentración de los diferentes tipos de capital (de fuerza física, económico, cultural, informacional y simbólico), dando como resultado un capital específico que permite ejercer un poder sobre los demás tipos de capital. Mientras el Estado pueda producir e incorporar estructuras cognitivas que sean acordes con las estructuras objetivas, no tendrá necesidad de poner en marcha los mecanismos de violencia física.
El manejo adecuado de ciertas reglas, no siempre explícitas y el cumplimiento de unas determinadas formas son unas de las máximas para adquirir soltura en la adquisición y manejo del capital simbólico. Bourdieu se propone extraer los principios generales de «La economía de los bienes simbólicos», título de su sexta conferencia, mediante el estudio de los presupuestos que conforman la práctica de los regalos. Este tipo de intercambios contienen dobles verdades que en ningún caso deben hacerse explícitas. Jamás un regalo debe parecer la devolución de uno anterior, además de hacer caso omiso del precio que tuviera. El compromiso tácito que sobre estas reglas se establece es demostrar que se está dispuesto a cumplirlas.
Un correcto seguimiento de estos acuerdos sociales en relaciones que impliquen posiciones de dominación y sumisión, puede transfigurarlas en relaciones afectivas que en ciertas ocasiones se presentan más efectivas.
Pensar a los que piensan el mundo, reflexionar sobre lo que producen son temas recurrentes en la trayectoria de Bourdieu, en el libro les consagra la tercera conferencia, «Para una ciencia de las obras», y sus dos anexos, «la ilusión biográfica» y «la doble ruptura». En este último se pone de manifiesto que la sociología de la ciencia debe poner de relieve la dimensión social de las estrategias científicas y la lógica agonística del funcionamiento del campo científico (como todos los demás, aunque cada uno tenga sus propias leyes de funcionamiento).
El autor se empeña en recordar que las condiciones económicas y sociales en las que viven los creadores afecta a su pensamiento, es decir, que existe «El punto de vista escolástico». Que utilizar conceptos con pretensiones de validez universal, es caer en el anacronismo y en el etnocentrismo de clase, es obviar que la capacidad de sentir, de tener curiosidad e interés por algo está mediatizada por las «condiciones históricas y sociales de posibilidad», que solemos confundir lo universal con lo particular. La mayor parte de las obras que consideramos universales (derecho, ciencia, arte, religión,...) nada tienen de ello. Bourdieu se decanta: «La única salida a la alternativa del populismo o del conservadurismo, dos formas de esencialismo que tienden a consagrar el statu quo, consiste en trabajar para universalizar las condiciones de acceso a lo universal» (página 216).
Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción es una obra cargada de sugerentes reflexiones. A través de una prosa llena de matices, para dar cuenta del complejo entramado de lo social, Bourdieu nos muestra las posibilidades que ofrece el acercamiento sociológico que él propone. A lo largo del libro aparece la intención de superar, de resolver, quizás, de ajustar cuentas con la teoría marxista. Sin embargo, esto conlleva el riesgo de realizar un eclecticismo teórico imposible, que paradójicamente iría contra su apuesta por el uso riguroso de los conceptos.
www.ugr.es/~pwlac/G13_10Recensiones.html
Publicar un comentario